20 de marzo de 2020

Miedos, culpas y otras pandemias

Menos de siete días han bastado para ser testigos del nacimiento de esa densa incógnita que somos nosotros mismos. Con cierta dificultad, me declino hacia mi hogar, que soy yo misma, frente a los miserables y sus miserias, los condenados y sus condenas, los asustados y sus miedos, los culpables y sus mentiras..
Ahora no puedo escapar de mí, por muchas redes antisociales y presuntuosas que me arrastren a la evasión, no son reales, no saben de tacto, ni de sonrisas. Sí, los acordes pasean por ellas y nos atraen, nos excitan como la puta droga que siempre ha sido la música, pero sigue sin ser verdad.
Estos días no hay miradas cómplices, salvo las que dirigimos hacia nosotros mismos, y es ahí donde -sumamente acojonados- descubrimos quienes somos, y lo que asusta más: la distancia eterna o apenas imperceptible entre eso que somos y lo que siempre hemos deseado ser.
¡Vaya putada nos ha hecho este virus! Un día corremos hacia no sabemos dónde para escapar de no sabemos quién o qué (o sí), y al siguiente estamos lidiando contra un enemigo milimétrico que crece en forma de aburrimiento, de depresión, de falta de imaginación y de todas y cada una de las traducciones que queramos darle a la expresión "no me conozco". Y en esas andamos, lamentándonos todo el tiempo, o buscando mil y una alternativas para no chocarnos de frente con nosotras mismas y darnos cuenta de que nos gustamos un poco menos de lo que creemos.
Unas veces me siento hogar, y otras tantas, soy una batalla campal. Creo en ambas de igual modo y con la misma intensidad. A veces, mi piel es movimiento en calma inusual, hasta que en algún giro me detengo a mirar mis heridas. Entonces soy grito, casi siempre de auxilio. Lo jodido en estos tiempos es que nadie puede oírte.
Saldremos de esta. Je.


23 de octubre de 2019

Te sigo recordando, Amanda

En un año me has enseñado a reconocer unos ojos transparentes y libres de prejuicios. Me has regalado casi a diario una sonrisa, una caricia y últimamente alguna palabra. Me has sacado las dudas, como si fueran espinitas, cada vez que me he sumergido en el mar que las habita. He sabido gracias a ti que los niños preferís jugar con cosquillas y canicas a tener un móvil en las manos. También he batallado con los miedos más atroces cada vez que te venía a visitar la fiebre. Del amor incondicional ya sabía, pero tú lo has elevado a niveles inimaginables. He aprendido a respetar tus gustos, en todos los sentidos, y -a pesar de mis ganas locas de enseñarte mil canciones- he desechado la idea de inculcártelas como doctrina. He sentido y siento nuevamente la vulnerabilidad de fantasear con una nueva vida, que llegue de lejos, de dónde no tienen apenas nada, también gracias a ti.
Ojalá, Amanda, se cumplan todos tus sueños, que sé que son muchos y bonitos. Me asusta que no sepas llorar, aunque sé que es esa extraña "característica" que te hace ser diferente al resto de personas.
Ojalá todo Amanda. Ojalá siempre.

1 de octubre de 2019

Magia pura

Algunas canciones tienen la particularidad de hacerte creer que la vida es más sencilla de lo que aparenta. El de Sevilla sabe de eso, al final va a ser cosa del sur. Me lo imagino, así con sus aires de cierta debilidad, desvistiendo al mundo y dejándolo endeble y descalzo, mientras garabatea en su viejo cuaderno. Pero esto lo cuenta mi cabeza, que también es todo un mundo, y a veces se deja deslumbrar por la silueta de un amanecer que apunta maneras (de vivir).
Detrás de ese dejarme arrastrar por la incertidumbre, no me voy a engañar a estas alturas, hay un montón de luceritos que parpadean a modo de brindis. Y saltan, y gritan y me susurran que me acuerde de las tardes en las canchas cuando el flamenco no sabía de penas ni de puñaladas. Y entonces ya la bajada sin frenos por la cuesta más pronunciada de cualquier carretera del pueblo donde veraneabas: así viajan a veces, pocas, los buenos pensamientos. El rock, las tardes de más vino que rosas, la disconformidad ante lo impuesto, el orgullo de pertenecer a un barrio con olor a sardinas.
La vida ahoga cuando se pone puta, pero si la miras de frente te das cuenta de que también sabe de miedos y tristezas. Quizás sólo necesite a sus amigos, un poco como yo.
Algunas canciones tienen la particularidad de hacerte creer que es más sencilla de lo que aparenta, y como todo lo sencillo, son las más bonitas.
Cuento las horas para sentirlas, esta vez en casa, que es el bar de madera aquel. Con mis amigos, que son magia pura.


2 de enero de 2019

Un año más, un año menos..

Mi amiga Raquel dice que si ves claramente que algo no es bueno para ti y continúas ahí, toda responsabilidad recae sobre ti. Imagino que tiene razón, con el matiz de que no solo la vista forma el mapa de nuestros sentidos, ni siquiera -en algunos casos- se podría definir que hay sólo cinco. Pero sí, esencialmente, hay situaciones que son como si alguien te regalara un pasaje para viajar en el Titanic y tú lo aceptas con la ilusión y la convicción de que es lo que más deseas en el mundo. Lo triste, y grave, es que te sabes bien la historia, y conoces el final. 
Imagino que por esa razón una termina queriéndose un poco menos de lo que ya lo hacía, si eso es posible. El camino del “autoperdón” es largo y -en ocasiones- tenebroso; y el duelo de la dignidad tiene demasiados tentáculos. A pesar de que la ayuda externa es bienvenida y necesaria, jamás es suficiente para saldar esa deuda tan grande que has contraído contigo misma. 
En esas estamos, en esas seguimos y en esas permaneceremos, en un plural obligado y justo que incluye a un montón de personas que han considerado opción posible y válida el hecho de regalarme su tiempo, su casa, su hombro, su alegría y su estima. La amistad es para mí lo más importante del mundo, lo digo así de clara y sencillamente. Si alguien ha tenido la ocasión de ver Vientos de agua, recordará esa escena en que Gemma, siempre lúcida, dulce y maravillosa, entona un discurso acerca de la importancia de no rendirse, “siempre avanti” y al final, casi ya en un susurro pero con la mirada segura y confiada añade “no estás sola”. 

Que el 2019 os ponga en el camino a personas bonitas, auténticas y honestas. Salud, calma, amistad, amor/sexo (me niego a separarlo), música, trabajo (os adoro, enanxs), deporte.. Creo que en ese orden pero no estoy segura. En cualquier caso, que os depare momentos bonitos. Ojalá sea así.. 

23 de octubre de 2018

Amanda

Ojalá tengas a tu madre y a tu padre hasta que seas viejita, y les cuides y admires. Ojalá crezcas en un entorno de alegría. Ojalá nadie te aparte las piedras que encontrarás en el camino, que tropieces con ellas y tú mismas escojas con las que quieres volver a tropezar. Ojalá te rompan el corazón, eso quizás signifique que has amado sin condiciones. Ojalá cada vez que brindes resuenen en tu copa tres palabras: amistad, justicia y coherencia. Ojalá no te cuenten historias, que seas tú misma quien las construya a base de esfuerzo e ilusión. Ojalá fabriques unos ideales sólidos, hechos a tu medida, que luches por ellos con sed de triunfo pero sin tiranía. Ojalá no hagas daño, aunque te lo hagan a ti, que sepas alejarte con entereza de lo que no vaya contigo o de quien no quiera ir contigo. Ojalá mires del mismo modo a tu jefe que a la señora de la limpieza, y ojalá nunca quieras ser jefa de nadie. Ojalá tu cuenta bancaria tiemble con la misma risa que puedas temblar tú cada vez que compartas aventuras y desventuras con tus amigos. Ojalá hagas muchos regalos y compres pocos. Ojalá sientas la música en las entrañas. Ojalá sepas compartir, hasta cuando sólo tengas un pequeño pedazo de pan. Ojalá vivas con muchos animales y sean tu familia, no tus mascotas. Ojalá persigas tus sueños y no desfallezcas en el intento. Ojalá no escuches a quienes te digan que algo no está a tu alcance. Ojalá siempre, y ojalá todo.

17 de abril de 2018

Freud, Kant y otros asuntos

Te lo digo desde el convencimiento más firme "siento mucha pena por todas esas personas que no se han caído nunca, que viven en una línea recta". Él siempre concluye las conversaciones con frases de este tipo, porque sabe, también desde el convencimiento más firme, que toda alumna tiene una fe ciega, casi mágica, en las palabras del que fuera su maestro. Quienes tendemos a sentir con las manos llenas de nada y la fuerza desgarradora de un ciclón necesitamos en nuestra vida a ese ser que, sabiendo de lo que hablamos, consigue llevarte al otro lado para que puedas echarte un vistazo con un poquito de distancia. Una vez allí, es otra dimensión, como un mundo paralelo desde donde te reconoces a medias. 
Yo, y también lo digo desde el convencimiento más firme, siento una profunda admiración por todas esas personas que acaban con el agua hasta el cuello, porque quieren ver el panorama desde abajo, porque sólo en ese espacio reducido que casi ahoga, puedes agarrarte a ti misma y encontrar tu puto punto de fuga. Admiración, nuevamente, por quienes aprendemos a valorar lo que tenemos, porque algún día no tuvimos más que miedo. Admiración por los que hemos besado el suelo enfangado tras unos pasos que nunca alcanzaremos. Por los que, en nuestra lucha eterna por llegar a algún lugar y -estando a escasos centímetros de la meta- retrocedemos para rescatar a quién sea y lo volveríamos a hacer cien mil veces. 
Y en estas llega Freud. Y Kant. Y otros asuntos.

8 de enero de 2018

Ya nada es lo que era

Yo caminé hace poco de su mano. Esas manos que te llevan a algún lugar. Esos lugares que te recuerdan que aún puedes abrir los ojos y sentir que hay más de luz que de oscuridad. Con treinta y todos no se puede jugar a caer, porque las hostias pasan de ser aprendizaje a herida que, quizás, nunca cicatrice, o quizás sí. El caso es que yo, mirando con perspectiva, jugué a caminar de su mano, con la parte de espejismo que implica jugar a caminar. Creí que me comía el mundo cada vez que le daba un bocado a cualquier dulce esfera, hueca. Me sentí marea entre tanta costumbre, niña que corre sobre el asfalto en una carrera improvisada.. y bueno, perdí.. un pendiente, y un trocito de sonrisa. Encontré a Pop, después de buscarla por muchos rincones. Y pinté, con un temblor hijo del miedo, el paso del tiempo y el recuerdo de una gran ausencia. Supe de versos y canciones que hablaban del rimel negro que usaban sus pestañas para esconder una mirada esclava de otra mirada. 
Algunos días camino sola, y mi mano no tiene demasiadas ganas de colocar los astros en fila. Imagino que alguien puso sobre ella un puñado de palabras extrañas, que encierran verdades, como el puño que ahora es. Una mano sola, que llora cuando su compañera señala otros planetas.