30 de mayo de 2017

Los mismos bares

Tenía una "libreta de reflexiones" que sacaba de su mochila en las noches de tequila, limón y juegos de lengua y desafíos. A veces ojea sus páginas, vestidas de cientos de "te quieros" que avivan la teoría causa efecto/ alcohol amor. Cuando se siente muy sola, le invade la tentación de creerse alguno de ellos, y pasar por alto el escalofrío de los silencios infinitos.
Sonríe mientras sus pupilas se deslizan por la genialidad de algunas frases, escritas desde el estómago comprimido a punto de vomitar. "Aquí estoy borracha, en este bar de dudas", esa es su preferida. La escribió en Berlín, durante un concierto de jazz de un tipo con melena y ojos huracán. ¿Qué será de él? ¿Se habrá cruzado con la felicidad?
Le da un poco de miedo colocar sus recuerdos en la parcela de tiempo que les corresponden, y no por nostalgia o añoranza, sino por los dos dígitos numéricos que los separan ya de su presente. De todo empieza a hacer ya demasiado tiempo, y algunos sueños siguen en su libreta de reflexiones, dispuestos a salir volando de esas páginas y caer en plan meteorito delante de su mirada triste "creías que no nos volveríamos a ver? va! desnúdate!"
Y algunas noches vuelven a escribir. Ahora hay más certezas que dudas, maldita sea. Y más limón que tequila. Maldita sea también.


27 de febrero de 2016

Patrones

Nos obligaron a vivir por debajo de casi todos, rindiendo pleitesía a una disciplina ajena, que ni entendimos ni compartimos nunca. Nos hicieron inseguros a golpes de comparaciones, colocándonos en el escenario de los perdedores, desde donde mirábamos las estrellas a escondidas, soñando con algo diferente. Aprendimos a callar y a ocultar el miedo como acto de dignidad, tratando de ser solidarios con la alegría que -como niños- debíamos tener, pero que ni siquiera conocíamos. La calma, como un edificio apuntalado, se desvanecía un par de veces al mes, cuando nos atrevíamos a explorar algún terreno desconocido, atractivo, impensable entonces. 
Fuimos los primeros, pero eso no bastaba para palmear nuestras espaldas o entonar un "ey, qué bien lo estáis haciendo". Nos quisieron, sí, y sacrificaron su vida por nosotros y -con ella- nuestros sueños. 

No creo en las obligaciones. Me gusta amar desde arriba, rindiendo pleitesía a un cuerpo ajeno que no sepa a disciplina, entendiéndolo, conociéndolo y compartiéndolo. Busco la seguridad que perdí en alguna comparación y pocas cosas me ilusionan más que colocarme ante cualquier escenario y escuchar las estrellas. Me encanta hablar, y daría parte de mi vida por vencer los monstruos que todavía habitan bajo mi calma. Que la vida es sueño. Y que cada día sueño con un trocito de vida.

23 de febrero de 2016

Anís

Siempre quiso escapar de la oscuridad. Tenía el convencimiento de que en la sencillez encontraría ese pequeño foco de luz que se ocupara de desenredar los nudos firmes de la sinrazón. Algunas veces, eran los dedos de G. -ya heridos de tiempo y cansancio- quienes iluminaban su mirada. Las pocas horas que compartían sabían a una mezcla entre anís y derrota. Una miraba al futuro con desconfianza, la otra no tenía futuro hacia donde mirar. Pero juntas tejían una bufanda de colores y agujeros negros, que les permitía brindar por la vida entre punto y punto.
Le gustaban los mensajes cortos, sin adornos. Y siempre quiso escapar de la oscuridad. Por eso se sentaba delante de su abuela, que todavía tiene dos focos de luz en la mirada.

18 de noviembre de 2015

Pensamiento mágico

El pensamiento mágico consiste en atribuir un efecto a un suceso determinado, sin existir una relación causa-efecto comprobable entre ellos. Así, podríamos poner como ejemplo la fe o la superstición, pero a Eme siempre le pareció mucho más interesante el uso que -de tal pensamiento- hacen los niños, porque Eme -algunas veces- es una niña que mira -cansada- la batalla eterna entre sus monstruos y superheroes. En los días de lluvia, camina cabizbaja, como si el peso de la oscuridad empujara su mirada hacia cualquier charco que albergue reflejos. La niebla, en cambio, baila a contraluz, con un movimiento ligero y circular, tan de labios que juegan a resistirse, tan de beso al fin y al cabo. El niño de verde le explica estos cuentos a Eme y ella que -algunas veces- también es una niña salta sobre el primer charco sin reflejo y atraviesa la niebla y entonces la arrastra la magia del pensamiento. Eme coge impulso y -aunque nunca aprendió a volar- sí sabe tocar el cielo. Y allí, tan arriba, se encuentra con el mismo reflejo del charco. Suelo y cielo separados por una neblina que baila a contraluz.
El peso de la ambivalencia, los buenos y los malos, el miedo, la oscuridad, el pensamiento mágico.. Pasear, cabizbaja, con la mirada hacia cualquier charco y ver el reflejo de un niño que viste de verde, y explica cuentos de niebla a contraluz. De pequeñas gotas que corren hacia arriba, como buscando canciones. Algunxs creen que son gotas que andan descentradas, como locas. Yo prefiero pensar que están vivas.

1 de noviembre de 2015

Avanzar

"Llévame. Guíame. Ve delante" Porque -de ese modo- parece más sencillo avanzar. Avanzar, ese es el verbo al que nos agarramos como si su propia condición de movimiento nos empujara a otro lugar. Lo que nadie nos asegura es que esa nueva situación implique mejora, pero -aún así- avanzamos, porque nos creemos muy valientes y capaces de dar ese salto hacia el siguiente nivel. Sólo espero que -al final de la partida- no tengamos que tragarnos nuestra prisa por avanzar; que no miremos atrás y se nos retuerza el alma al entender que -allí abajo- un montón de porqués nos miran indefensos, como diciéndonos "joder, corriste demasiado, y aquí no estabas tan mal".
En mis carreras, la línea de salida coincide con la linea de llegada. Piso la meta, que es exactamente ese trozo de asfalto que un rato antes sostenía un cuerpo menos cansando. No quiero avanzar en un tiempo. Discúlpenme si me quedo atrás, desvistiendo a todos esos porqués hasta conseguir entenderlos, entenderme. Quizás entonces comprenda el auténtico significado del término avanzar, sin necesidad de huir. 

14 de octubre de 2015

Alturas, trenes, nubes y gatos

Casi siempre me dejo vencer por esa manía que tiene la vida de esconderse y engullir -de un trago- la necesidad que siento de creer en las alturas, en los trenes, en las nubes, y en los gatos. De creer en algo que no sea humo, que no se vista de humo y que no se desvanezca como el humo. Proyectar toda tu imaginación en una única carta es jugar con el mismo fuego que termina convirtiéndola en ceniza. Yo escribía cartas. Dibujaba trincheras de colores en folios blancos, en un intento de ser noche, canción o cerveza, no importa el orden. Me aferraba a una magia que nunca existió más allá de mi sentimiento de indefensión y claro, fallé en todos los trucos.

A día de hoy, me aburren las personas que tiran de frases hechas para no tener que molestarse en pensar demasiado. Todavía me sigo preguntando qué esconderán tantos "te quieros" postrados y agonizantes tras una pantalla de móvil. Y las putas Pes de Pamplona que preceden a las risas y las convierten en velocidad, en huida, no vaya a ser que nos dé por agarrar del cuello a esa vida que se esconde y engulle alturas, trenes, nubes y gatos, mirarla de frente y decirle "ey, tú y yo tenemos que hablar, en serio" (deságanse de la última coma si lo que les interesa es tener una conversación formal). 

Casi siempre me dejo vencer por las manías de la vida... Aunque en realidad, por muchas vueltas que vaya dando, termina por estacionar siempre en el mismo lugar. Ahora parece que toca invierno, y frío. Bien. Así -al fin-  tendré algún motivo distinto de ti para poder temblar.



13 de septiembre de 2015

Los ojos de Jorge

Los ojos de Jorge están abiertos al mar, en un combate de azules preciosos. Me explicó que esos ojos son de su madre, que también se enfrenta al mar a diario, pero desde arriba, que es desde dónde se ha de mirar el mundo. A mí siempre me ha gustado mirar ciertos ojos (que son mundos) desde arriba. Ese es el vértigo que paraliza, y te corta en dos, como diciendo "ves? sigues viva". 
En los ojos de Jorge nace un presente cada segundo, y se vuelven duda e incomprensión cuando le pregunto si vale la pena que nos desviemos un par de cuadras para ver un partido de baloncesto. Él no conoce la pena, y mucho menos su valor. 
Los ojos de Jorge conviven con los ojos de decenas de niños, que -dice- son la esperanza del mundo. Y entonces ya nos vemos obligados a perdernos en el pensamiento de José Martí, que debiera ser referencia obligada para cualquier maestro, pedagogo, psicólogo, político, filósofo, persona. Pero  caemos en la cuenta de que no hay tantas personas en el mundo capaces de volar, y mirarlo desde arriba. Tampoco se le echa mucha cuenta al presente, porque parece que lo más práctico es proyectarnos, desde un individualismo atroz, en un plano futuro. Eso es lo que nos permite dormir por las noches, aunque a escasos kilómetros haya niños a los que les han arrebatado su derecho de ser esperanza, de ser niños. 
Los ojos de Jorge sonríen cuando me pierdo en mil dudas. Y entonan una gran negación si planteo que tal vez debiera pensar menos. "Desconfía de quienes te digan que no has de pensar tanto. Si acaso, se selectiva con tus pensamientos, y valora bien a qué y a quién se los regalas". 
Lo de sentir es el motor de un mundo cada vez más enfermo. Ya poco queda por hacer. Y en eso también estamos de acuerdo. "Que tú sientes?" Es una pregunta recurrente en los ojos de Jorge. Y entonces le hablo de trincheras, y versos. De canciones. Le hablo de mentiras, de soledad, y de miedo. Le hablo de sueños que se quedaron en el camino. Pero también le hablo de un presente que surge como de la nada, y alumbra todo. Ahí es cuando el reflejo de los ojos de Jorge muestra una Eme bonita (o eso dice él). "Una muchacha bonita, ya tú sabes. Has de pelear siempre por lo que sientes. Pero tú no puedes mendigar nada, porque si tú mendigas, sólo tendrás restos, y vacío. Migajas. Y de migajas no se come, ni se vive".
Y en esas andamos. Viviendo.