Dice J. que, a lo largo de su vida, ha ido fortaleciéndose a base de hostias. Que aprendió, cuando era adolescente, a no esperar demasiado de nadie, salvo de él mismo. También dice que llegaré a pensar de igual modo, y que, entonces, encontraré ese lugar o estado de tranquilidad que tanto necesito. Quizás tenga razón, y lo más práctico en estos tiempos sea abrazarse a una misma, rodear las piernas cansadas, con unos brazos, también cansados, y mirar algún mar amigo, cómplice y callado. Porque, seamos realistas, las palabras ya no forman idiomas inteligibles, y los círculos -bolitas- esperanzadores (por ser verdes) ahora son grises, como el color de la ceniza en que se convierte casi todo lo que ya no respira.
Hoy encendí la luz, cuando vi a Peter revolotear por mi ventana, porque el crecer ya no es el maleficio de unos pocos, sinó mi realidad inmediata. Crecemos, y nos convertimos en orden y pautas que nos van marcando el camino dictado por cualquiera, no importa quién, mientras no sea el que deseamos. Pero no pasa nada, porque cuando nuestros días se consuman como el cigarro que fumo a escondidas, tendremos la certeza de haber hecho lo correcto.
En los últimos meses he caminado sin saber demasiado bien hacia dónde. Y sigo perdida. Posiblemente porque no estás a mi lado para indicarme el camino menos pedregoso. Te continúo explicando mi historia más tarde, cuando consiga dormir y tus besos traspasen mi frente en forma de respuestas.
Mañana concierto. Y pasado también. Los acordes dejan de ser relevantes, y la clave de sol que vestirá mi muñeca izquierda os invita a ser mis compañeros de vida, mis anhelos, mi rabia, mis fobias... Y yo, en el día del orgullo, no puedo sentirme más afortunada.