“Sólo a oscuras se puede ver el alma de las piedras. Cada una tiene el alma de un color y de una forma distinta. Con la gente no sirve, chavales, sólo funciona con las piedras. Para la gente todavía no se ha inventado nada.”
Prometo escribir pronto. Pasaron tantas cosas en este viaje, que he terminado cayendo en un estado vertiginoso, sin espejos para el alma, ni abrazos de colores. La intensidad del éxito no pudo con la angustia precedente. Todo ha ido bien, eso sí. Nuevamente, nos quedamos con la música y con los poco corazones nobles que creyeron en el proyecto. El resto, que la vida os ponga en el lugar que merecéis.
- Me gustaría que me dijeras cómo hace uno para saber cuál es su lugar. Yo por ahora no lo tengo. supongo que me voy a dar cuenta cuando esté en un lugar y no me pueda ir. Supongo que es así. (Un lugar en el mundo)
Fernando Silva dirige el hospital de niños en Managua. En vísperas de Navidad, se quedó trabajando hasta muy tarde. Ya estaban sonando los cohetes, y empezaban los fuegos artificiales a iluminar el cielo, cuando Fernando decidió marcharse. En su casa lo esperaban para festejar. Hizo una última recorrida por las salas, viendo si todo queda en orden, y en eso estaba cuando sintió que unos pasos lo seguían. Unos pasos de algodón; se volvió y descubrió que uno de los enfermitos le andaba atrás. En la penumbra lo reconoció. Era un niño que estaba solo. Fernando reconoció su cara ya marcada por la muerte y esos ojos que pedían disculpas o quizá pedían permiso. Fernando se acercó y el niño lo rozó con la mano: -Decile a... -susurró el niño- Decile a alguien, que yo estoy aquí.
Son días que caen desde arriba sin encajar, como las piezas de una mala partida de Tetris. Llueve hostilidad y la desconfianza se aposenta, con sus mejores galas, en primera fila de un espectáculo de techos mal pintados y bombillas fundidas por el paso del tiempo. También son días de pérdidas. Compañer@s que abandonan la lucha para emprender un nuevo viaje. Nos dejan para siempre, y sentimos miedo a que esta idea siga alimentándose de nosotros mismos hasta convertirnos en sobras. Otros se mudaron a apenas un metro de nuestro hogar. Pasea su recuerdo por las avenidas de una memoria empeñada en olvidar. Les miramos y nos invade la inevitable nostalgia de días que no han de volver, momentos adornados de alcohol y pañuelos palestinos. A ell@s les miramos con gratitud y lejanía, y deseamos que nuestras vidas sean estrictas con la teoría de las líneas paralelas. Pero en todo este laberinto de brújulas sin norte y cosechas perdidas, tenemos claro que seguimos siendo los de entonces. Así que no tardo ni medio segundo en descolgar el telefonillo, entonar un decidido “ya bajo” y acompañaros al bar más cercano. Atino a descifrar “Palabras para Julia”, ahora por Kiko Veneno. Un primer brindis por la vida, el segundo por nosotros... os miro, me besas, se repiten los acordes como si fueran la receta médica de un principio de cansancio en el alma. Os sigo mirando, ahora soy yo quién te besa, Palabras para Julia está terminando... y yo, con un mundo nublado a mis espaldas por los primeros efectos del vino, consigo manejar los botones de la máquina de Tetris, haciendo que las piezas se coloquen magistralmente en su posición. No es difícil. Creo que el secreto está en encontrar el momento.
A Adriana y Raquel, que hace muchos años hicieron un perfecto nudo con nuestras líneas paralelas.
Le gusta el 3, y le gusta escribirlo de abajo hacia arriba. En las últimas semanas, ha perdido casi todo, por eso apuesta al 3. Explica, como quién habla del tiempo, que la abandonó antes de conocerla. Parece que ahora ya no le revienta la traquea cuando acude a su recuerdo. Quiso ser desterrada del sótano izquierdo, un movimiento enfermo, férreo y cansado de vivir. Recuerda la última parodia de justicia y libertad, que terminó en una caravana de pintorescos personajes, recién salidos, casi todos, de alguna obra de Valle Inclán. Ha comprado un billete de avión, la espera el Moldava y, en él, el reflejo de una nueva vida.
Seguramente, cualquier narración desvirtuaría lo vivido este fin de semana. Madrid, amigos, música... una colección de momentos irrepetibles que tardarán en desaparecer de mi memoria.
Hace un par de años, mi hermano insistía en que le echara un ojo a esta serie. Ví el primer capítulo algunas veces y no creí que valiera demasiado la pena, o quizás no quería que valiese la pena, de esta manera evitaría acercarme, otra vez, al pánico que me produce la ausencia. Acabo de ver el último episodio... (hace media hora que escribo, borro, escribo, borro, escribo, borro...). No está mal, me gusta comprobar que, a estas alturas, la televisión me deja sin palabras.
Para mi, como para muchos, el año empieza en septiembre. Cuando todavía no hemos terminado de digerir las noches de borrachera estival, debemos reencontrarnos con madrugones, prisas, y demás puntos del guión de un curso que, de entrada, no denota grandes cambios. En los pocos días que me separan de lo que fue revivir, ya han intentado atraparme con sus lanzas de madera, ágiles y quietas a la vez, siempre afinadas, silenciosas. Parece que los objetivos, este curso, están casi tan definidos como entonces, cuando había objetivos. En unos días, se difuminarán y caerán sobre nuestras cabezas, como los lejanos colores de los fuegos que acaban de aterrizar y que representan un fin de ingesta (que no de fiesta) de todo tipo de sustancia enajenante. El caso es que el percal está de luto, y tampoco hay muchas trazas de enmienda a corto plazo, por lo que habrá que plantearse seriamente la posibilidad de buscar un refugio en forma de concierto, mesa de bar, vaso de chupito o simplemente silencio... y que sigan hablando los de siempre.
Todo es frágil: tu costumbre de amarme, mi fe, el silencio y la vida que duerme en un vagón de tren. Tu contrato fugaz, la memoria, este hilo de voz, las quimeras que surcan estrechos y este corazón que persigue tu rastro en la alfombra de la habitación.
No es tan frágil el trueno del fúsil, el temor a perderme tus dulces mañanas, tanto dolor. La memoria del banco, el aroma de aceite en el mar, las fronteras de acero para hombres, humo para el capital que regula espejismos y ordena tu necesidad.
Yo soy frágil como un cristal si falta usted a esta cita, mi amor, si el canto se llena de olvido, si el recuerdo se va y ya no ríe conmigo. Quizá no seamos héroes pero aún seguimos vivos y en la crisálida su voz estallará. Y no se quedará inmóvil al borde del camino y hará futuro su fuerte fragilidad.
Es tan frágil el abrazo del mundo y su paz, la promesa desde la tribuna y su empeño por perdurar. Soberbio y resistente es el grito del miedo anunciando el final y la noche que escupen al cielo tantas chimeneas, los disparos de nieve, el rugido de las bayonetas.
Quizá no sea tan frágil tu costumbre de amarme, mi fe, tu voz y tu memoria. ¿Sabes?, quizá me equivoqué. Quizá no sea indestructible el trueno del fusil, tanto dolor, la burbuja que encierra este grito y este temor a saberme perdido, a perderte y perder la razón.
Yo soy frágil como un cristal si falta usted a esta cita, mi amor, si el canto se llena de olvido, si el recuerdo se va y ya no ríe conmigo. Quizá no seamos héroes pero aún seguimos vivos y en la crisálida su voz estallará. Y no se quedará inmóvil al borde del camino y hará futuro su fuerte fragilidad.
Se que no soy el primero ni el último idiota, que se juega la bolsa, la vida y el alma por ti. El futuro contigo es seguir tu tacón de pandora, el presente a tu lado un pasado del que huir. Tengo que hacer testamento por si sobrevivo, dejaré mi epitafio en tu ombligo pintado a carmín. Mi venganza es la torpe esperanza de los que han perdido, la nostalgia es la única foto que guardo de ti. No te voy a engañar tengo poco que dar, mis anhelos, mis rabias, mis fobias. Soy un hombre normal es la curiosidad la que me hace olvidar tus normas, la que me hace perder tus formas.
Eres mi fruta mortal, mi anticristo y mi diosa, mi ascensión, mi caída, mi sombrero de espinas de rosas, mi consuelo de tontos, mi canción para sordos, mi estatua de sal, mi tesoro en el fondo del bar, mi armadura hecha escombros.
Se que no soy el primer ni el penúltimo idiota que ha intentado atrapar una sombra con un calcetín. Fui tan necio de abrir de un tirón tu cajón de pandora y la ropa interior que olvidaste lloraba por ti. No te voy a mentir yo no soy de insistir, mi riqueza es negar tus limosnas. Ya no suelo jugar pero quiero apostar todo al número impar de tus botas, todo al rojo channel de tu boca.
Eres mi viuda formal, alfiler de mariposa, virgencita lasciva, san atea, miss mantis religiosa. Eres mi fruta mortal, mi anticristo y mi diosa, mi prisión sin saliva, mi bufanda de espinas de rosas, mi consuelo de tontos, mi canción para sordos, mi noche sin pan, mi tesoro en el fondo de un bar, mi armadura hecha escombros, mi castillo hecho escombros.
Son días complejos, cargados de contenido extra. El tiempo no acostumbra a ajustarse a la justicia de sucesos propia de una vida tranquila y reservada. Por eso, una noche de sábado y de tequila compensan la sensación de vacío de cualquier tarde de domingo. A lo largo de mi vida, el termómetro de ciertos sentimientos no descenció de los 40... pero los últimos acontecimientos se clavan, como poco, en mi nuca para recordarme que ya es hora de dejar de sobrevalorar términos que, como las ilusiones ópticas, no son más que una distorsión, muy lograda eso sí, de la realidad. Quizás sea algo innato al ser humano, o una sobrecarga inicial de expectativas, el caso es que me habéis hecho, por fin, conocer los placeres de la soledad, o reencontrarme con ellos, quien sabe.
Si volvemos a vernos quisiera explicarte que aprendí a mirar el mundo desde la distancia, justo en el umbral del equilibrio entre la vida y el dolor. Si volvemos a vernos, volveré a hablarte de la amistad, como parte de mi, y de ti. Dejará de ser delirio y utopía la confianza, y los paseos cerca del mar serán tarea obligada. No habrá más camino que las líneas dibudadas en tus manos y, si quieres, tampoco habrá dirección, ni prisa, ni tiempo, ni palabras... sólo música, o silencio. Te recibiré con una sonrisa puesta, sólo con una sonrisa puesta.
Pero si, después de todo, no nos encontramos... (ya seguiré en otro momento).
Después de todo, estamos como siempre, tan solos como el barco del Holandés Errante, lo mismo que una tarde de domingo, igual que un niño en el primer día de colegio.
Tan solos como siempre y tan vencidos. Como si fuéramos César frente a Asterix o Supermán ante la kriptonita, o don Juan luchando contra las estatuas en el cementerio de Sevilla
Estamos ya, mi amor, en la tercera fase, cercanos sin siquiera comprendernos, extraños como estaban Lauren Bacall y Bogart en la Senda Tenebrosa.
Y, sin embargo -no sé como decirte- daría la pierna que le falta a John el Largo por volverte a tener cuando en los cines me cogías de la mano dulcemente cuando Bela Lugosi sonreía igual que yo al morder tu carne trémula y beber de tu sangre hasta el delirio.