“Sólo a oscuras se puede ver el alma de las piedras. Cada una tiene el alma de un color y de una forma distinta. Con la gente no sirve, chavales, sólo funciona con las piedras. Para la gente todavía no se ha inventado nada.”
Seguramente, cualquier narración desvirtuaría lo vivido este fin de semana. Madrid, amigos, música... una colección de momentos irrepetibles que tardarán en desaparecer de mi memoria.
Hace un par de años, mi hermano insistía en que le echara un ojo a esta serie. Ví el primer capítulo algunas veces y no creí que valiera demasiado la pena, o quizás no quería que valiese la pena, de esta manera evitaría acercarme, otra vez, al pánico que me produce la ausencia. Acabo de ver el último episodio... (hace media hora que escribo, borro, escribo, borro, escribo, borro...). No está mal, me gusta comprobar que, a estas alturas, la televisión me deja sin palabras.
Para mi, como para muchos, el año empieza en septiembre. Cuando todavía no hemos terminado de digerir las noches de borrachera estival, debemos reencontrarnos con madrugones, prisas, y demás puntos del guión de un curso que, de entrada, no denota grandes cambios. En los pocos días que me separan de lo que fue revivir, ya han intentado atraparme con sus lanzas de madera, ágiles y quietas a la vez, siempre afinadas, silenciosas. Parece que los objetivos, este curso, están casi tan definidos como entonces, cuando había objetivos. En unos días, se difuminarán y caerán sobre nuestras cabezas, como los lejanos colores de los fuegos que acaban de aterrizar y que representan un fin de ingesta (que no de fiesta) de todo tipo de sustancia enajenante. El caso es que el percal está de luto, y tampoco hay muchas trazas de enmienda a corto plazo, por lo que habrá que plantearse seriamente la posibilidad de buscar un refugio en forma de concierto, mesa de bar, vaso de chupito o simplemente silencio... y que sigan hablando los de siempre.
Todo es frágil: tu costumbre de amarme, mi fe, el silencio y la vida que duerme en un vagón de tren. Tu contrato fugaz, la memoria, este hilo de voz, las quimeras que surcan estrechos y este corazón que persigue tu rastro en la alfombra de la habitación.
No es tan frágil el trueno del fúsil, el temor a perderme tus dulces mañanas, tanto dolor. La memoria del banco, el aroma de aceite en el mar, las fronteras de acero para hombres, humo para el capital que regula espejismos y ordena tu necesidad.
Yo soy frágil como un cristal si falta usted a esta cita, mi amor, si el canto se llena de olvido, si el recuerdo se va y ya no ríe conmigo. Quizá no seamos héroes pero aún seguimos vivos y en la crisálida su voz estallará. Y no se quedará inmóvil al borde del camino y hará futuro su fuerte fragilidad.
Es tan frágil el abrazo del mundo y su paz, la promesa desde la tribuna y su empeño por perdurar. Soberbio y resistente es el grito del miedo anunciando el final y la noche que escupen al cielo tantas chimeneas, los disparos de nieve, el rugido de las bayonetas.
Quizá no sea tan frágil tu costumbre de amarme, mi fe, tu voz y tu memoria. ¿Sabes?, quizá me equivoqué. Quizá no sea indestructible el trueno del fusil, tanto dolor, la burbuja que encierra este grito y este temor a saberme perdido, a perderte y perder la razón.
Yo soy frágil como un cristal si falta usted a esta cita, mi amor, si el canto se llena de olvido, si el recuerdo se va y ya no ríe conmigo. Quizá no seamos héroes pero aún seguimos vivos y en la crisálida su voz estallará. Y no se quedará inmóvil al borde del camino y hará futuro su fuerte fragilidad.
Se que no soy el primero ni el último idiota, que se juega la bolsa, la vida y el alma por ti. El futuro contigo es seguir tu tacón de pandora, el presente a tu lado un pasado del que huir. Tengo que hacer testamento por si sobrevivo, dejaré mi epitafio en tu ombligo pintado a carmín. Mi venganza es la torpe esperanza de los que han perdido, la nostalgia es la única foto que guardo de ti. No te voy a engañar tengo poco que dar, mis anhelos, mis rabias, mis fobias. Soy un hombre normal es la curiosidad la que me hace olvidar tus normas, la que me hace perder tus formas.
Eres mi fruta mortal, mi anticristo y mi diosa, mi ascensión, mi caída, mi sombrero de espinas de rosas, mi consuelo de tontos, mi canción para sordos, mi estatua de sal, mi tesoro en el fondo del bar, mi armadura hecha escombros.
Se que no soy el primer ni el penúltimo idiota que ha intentado atrapar una sombra con un calcetín. Fui tan necio de abrir de un tirón tu cajón de pandora y la ropa interior que olvidaste lloraba por ti. No te voy a mentir yo no soy de insistir, mi riqueza es negar tus limosnas. Ya no suelo jugar pero quiero apostar todo al número impar de tus botas, todo al rojo channel de tu boca.
Eres mi viuda formal, alfiler de mariposa, virgencita lasciva, san atea, miss mantis religiosa. Eres mi fruta mortal, mi anticristo y mi diosa, mi prisión sin saliva, mi bufanda de espinas de rosas, mi consuelo de tontos, mi canción para sordos, mi noche sin pan, mi tesoro en el fondo de un bar, mi armadura hecha escombros, mi castillo hecho escombros.
Son días complejos, cargados de contenido extra. El tiempo no acostumbra a ajustarse a la justicia de sucesos propia de una vida tranquila y reservada. Por eso, una noche de sábado y de tequila compensan la sensación de vacío de cualquier tarde de domingo. A lo largo de mi vida, el termómetro de ciertos sentimientos no descenció de los 40... pero los últimos acontecimientos se clavan, como poco, en mi nuca para recordarme que ya es hora de dejar de sobrevalorar términos que, como las ilusiones ópticas, no son más que una distorsión, muy lograda eso sí, de la realidad. Quizás sea algo innato al ser humano, o una sobrecarga inicial de expectativas, el caso es que me habéis hecho, por fin, conocer los placeres de la soledad, o reencontrarme con ellos, quien sabe.
Si volvemos a vernos quisiera explicarte que aprendí a mirar el mundo desde la distancia, justo en el umbral del equilibrio entre la vida y el dolor. Si volvemos a vernos, volveré a hablarte de la amistad, como parte de mi, y de ti. Dejará de ser delirio y utopía la confianza, y los paseos cerca del mar serán tarea obligada. No habrá más camino que las líneas dibudadas en tus manos y, si quieres, tampoco habrá dirección, ni prisa, ni tiempo, ni palabras... sólo música, o silencio. Te recibiré con una sonrisa puesta, sólo con una sonrisa puesta.
Pero si, después de todo, no nos encontramos... (ya seguiré en otro momento).
Después de todo, estamos como siempre, tan solos como el barco del Holandés Errante, lo mismo que una tarde de domingo, igual que un niño en el primer día de colegio.
Tan solos como siempre y tan vencidos. Como si fuéramos César frente a Asterix o Supermán ante la kriptonita, o don Juan luchando contra las estatuas en el cementerio de Sevilla
Estamos ya, mi amor, en la tercera fase, cercanos sin siquiera comprendernos, extraños como estaban Lauren Bacall y Bogart en la Senda Tenebrosa.
Y, sin embargo -no sé como decirte- daría la pierna que le falta a John el Largo por volverte a tener cuando en los cines me cogías de la mano dulcemente cuando Bela Lugosi sonreía igual que yo al morder tu carne trémula y beber de tu sangre hasta el delirio.
Después de todo, creo que el pasado ya lo tengo asumido dijo Rocío, recién desembarcada del sueño, todavía en posición fetal.¿Y entonces? preguntó Javier, mientras encendía su tercer cigarrillo consecutivo. El problema es que no creo en el futuro. Menos aún en mi futuro. O sea que no creés en mí. Por supuesto que creo en vos. Creo en vos como presencia actual, aquí, a mi lado. Pero ¿qué vendrá después? Después también estaré yo. Te advierto que no vas a poder tirarme tan fácilmente por la borda. Javier, no se trata de algo tan personal como nuestra relación, que ojalá dure mucho, ojalá dure siempre. Pero en el futuro no estamos solamente vos y yo. Abro el diario, miro la tele, y me parece estar inmóvil, aletargada, en un rincón de la catástrofe. No puedo soportar la mirada de los niños de Ruanda, de Sarajevo, de Guatemala, y menos aún los de la Villa 31 en Buenos Aires o, aquí mismo, los de cualquier cantegril, próximos a ser desalojados. Hay días en que me siento enferma de impotencia. Vos y yo ¿qué podemos hacer? Nada. Y no me refiero a este país de morondanga sino al mundo gigantesco. Huele a podrido el mundo gigantesco. En la cana me reventaron. Está bien: aguanté. Estoy tranquila conmigo misma. Pero no me alcanza con estar tranquila apenas con mi conciencia. Quiero estar tranquila con la conciencia de los demás. Y no lo estoy. Francamente no lo estoy. Otros también aguantaron y salieron en escombros. ¿Y qué pasó con esa suma de sacrificios? ¿Qué cambió? Es como si formara parte de un suicidio generacional. ¿Valía la pena jugarse la vida por esta derrota? Tal vez tenía razón Andrés Rivera cuando se preguntaba: ¿qué revolución compensará las penas de los hombres? Ahí está el riesgo, me parece. Hay seguros de vida, seguros contra incendios, seguros contra robos. Pero en política, y mucho menos en la revolución, no hay seguros contra la derrota. No obstante, hay una dignidad que el vencedor no puede alcanzar. ¿Qué te parece este axiomita? Tené en cuenta que lo escribió nada menos que Borges, un señor bastante victorioso. Por otra parte, no creo que todas las luchas fueran en vano. Artigas, Bolívar, San Martín, Martí, Sandino, el Che, Allende, Gandhi, hasta el mismo Jesús, todos fueron derrotados. Es cierto que el mundo de hoy es más bien horrible, pero si ellos no hubieran existido, seguro que sería peor. Hemos aprendido muy poco de la derecha, pero la derecha en cambio sí ha aprendido algo de la izquierda. ¿Por ejemplo? Por ejemplo, que las masas populares existen. Antes simplemente las borraban del mapa ideológico. Sólo valían como objetos de explotación. Ahora en cambio valen, además, como objetos de consumo. Y como consumidores, que no es poco. Por lo menos las masas existen para generar los dividendos de los poderosos. Pero hasta las multinacionales han aprendido que los seres humanos no consumen desde la indigencia. Y entonces les dan migajas y los convencen de que con esas migajas deben adquirir bienes prescindibles como si fueran imprescindibles. Es una payasada, claro, pero esa payasada engendra una dinámica muy especial. Entre ricos y pobres sigue habiendo un abismo, pero la diferencia es que ahoratodos, ellos y nosotros, sabemos que es abismo. Rocío se estiró en la cama, como desperezándose. Javier no tuvo más remedio que admitir que su desnudez era conmovedora.Y además dijo él, con una seriedad fingida, llevas en ti misma la refutación de tu peregrina teoría. ¿Qué refutación? ¿Estás loco? Tus pies. ¿Qué pasa ahora con mis pies? Que son hermosos. Tan hermosos que contagian a todo tu cuerpo de su hermosura. Y frente a ese milagro,¿qué importa toda la fealdad del mundo? Rocío se tapó los ojos, horizontalmente, con las dos manos. Antes de que Javier se acostumbrara a su inesperado desconcierto, vio que por debajo de aquellos dedos blancos, indefensos, novatos, asomaban dos lágrimas antiguas.
Llueve. El dibujo que la ventana deja entrever es todavía más triste, más descuidado que entonces, cuando estabas aquí. El paso de quienes recorren las calles es tan quieto y cansado que sólo mirarles cree retroceder unos quice pasos dirección norte. La búsqueda empieza a paralizar órganos, no hay hallazgos que merezcan ser considerados relevantes, las buenas noticias se esconden debajo de alguna piedra gris, con forma de espiral. Hoy no recordó sus sueños, tal vez sonó con tu recuerdo.
Ninguna dirección debería estar prohibida. Prohibir es una palabra tan peligrosa que resulta digna de almacenaje eterno. Como mucho, debería prohibirse el aburrimiento. O los guisantes. De la misma manera, tampoco debería existir el daño gratuito, porque, puestos a herir, tengamos clara la recompensa, si es que atinamos a encontrarla... Llamar a un tiempo verbal “pretérito imperfecto” es algo más que un capricho semántico. Pero jamás existió combinación de palabras más injusta, ni argumento más cobarde: amor imposible.
Miran al cielo y piden un deseo: contigo la noche más bella. Amores imposibles que escriben en canciones el trazo de una estrella. Cartas que nunca se envían. Botellas que brillan en el mar del olvido. Nunca dejes de buscarme la excusa más cobarde es culpar al destino.
Hace algunos años sentí la necesidad de establecer los pilares de mi vida. Era una época de preocupaciones constantes, sobre todo a nivel laboral. No hubo opción, o enloquecía o construía una pirámide de prioridades entorno a las cuales colocar cualquier acto, causa y consecuencia. Tampoco tuve que reflexionar demasiado, mis pilares son (en este orden): familia/pareja, amig@s, música/ocio y trabajo. Estas cuatro palabras interactúan constantemente, y digamos que dan un poco de sentido a la mayoría de mis actos. Para encontrar un poco de equilibrio, molaría pensar que yo también formo parte de los pilares que mencioné. Y, en un derroche de autoconcepto, he de decir que estoy casi segura de ello. Por lo tanto, tengo bastante claro el porqué de prácticamente todo; el resto, y no caeré en la diplomacia, me la trae al pairo.
La libertad es la posibilidad de mantenerse aislado. Eres libre si puedes apartarte de los hombres, sin que te obligue a recurrir a ellos la falta de dinero, o la necesidad gregaria, o el amor, o la gloria, o la curiosidad, cosas que ni del silencio ni de la soledad pueden alimentarse. Si te resulta imposible vivir solo, es que naciste esclavo. Puedes poseer todas las grandezas del espíritu, todas las del alma: serás un esclavo noble, o un siervo inteligente, pero no serás libre. Y no es que sea culpa tuya esa tragedia, porque la tragedia de haber nacido así no es culpa tuya, sino exclusivamente del Destino consigo mismo. Ay de ti si, habiendo nacido libre, capaz de bastarte a ti mismo y vivir apartado, la penuria te fuerza a convivir. Esa sí es tu tragedia, la que arrastras contigo. Nacer libre es la mayor grandeza del hombre, lo que hace al humilde ermitaño superior a los reyes y a los mismos dioses, que a sí mismos se bastan por la fuerza, y no por el desprecio de la fuerza.
"Gracias a toda la gente que con su lucha cotidiana y anónima nos regala el sortilegio nemotécnico, el recuerdo incandescente que impide olvidar qué debiera ser la vida"
Estos son los agradecimientos de "Acuérdate de vivir", el último trabajo del maestro Serrano que hoy mismo ha salido a la venta (y el cual tengo ahora mismo entre mis manos gracias a tu infinita generosidad y atención). ¿Qué debiera ser la vida? Un sorbito de vino en cualquier taberna de La Latina, un abrazo amigo, saborear el lujo de haber ayudado a alguien, compartir tequila e inquietudes con un hombro cercano, volver al lugar dónde te vi por primera vez y sentirme como entonces. Recordarte y sonreír, no tener que recordarte porque estás aquí. Disponer de un millón de canciones dónde refugiarte, llorar de alegría, y de tristeza (vivir también es perder), soñarte, de día y de noche. Leer diez veces un poema de Neruda y tener que hacerlo una vez más; formar parte de las minorías, escuchar el sonido de la lluvia y el de la libertad, regalar un montón de "te quieros", de los de verdad, de los que salen así, sin pensarlos, ni medirlos.
Pero a pesar de todo, debo terminar con esta entrada. Se hace tarde, y va siendo hora de esquivar a la vida para volver al agitado devenir del paso del tiempo. Además, hoy echan un partido de fútbol, no sé, dicen que es algo importante.
Esta mañana alguien me transmitió un mensaje de despedida. Son esos mensajes que cambian el rumbo de la vida, que, aunque parezcan inocentes y hasta simpáticos, cierran la puerta de la admiración y la confianza. Esta entrada es corta, como casi todo. Salvo esas vacaciones, que, en lo que a mi respecta, van a ser infinitas.